Supremacía militar de USA y posibles vulnerabilidades

Un estudio multidimensional sobre las dependencias estratégicas de Estados Unidos en el siglo XXI

Introducción: Más allá del poder militar


Durante décadas, el debate sobre la seguridad nacional de Estados Unidos ha estado dominado por una premisa que pocos se atreven a cuestionar: la incuestionable supremacía militar de la única superpotencia global. Con un presupuesto de defensa que en el año fiscal 2025 alcanzó los 919.200 millones de dólares —una cifra que supera la suma de los siguientes diez países con mayor gasto militar—, una flota de once portaaviones de propulsión nuclear, más de cinco mil aeronaves de combate y un arsenal de aproximadamente 5.500 cabezas nucleares, la ventaja convencional estadounidense parece, a primera vista, insalvable para cualquier adversario potencial. Sin embargo, este artículo propone un punto de vista distinto: una vulnerabilidad de Estados Unidos no reside en el plano militar, sino en el económico, el logístico y el geopolítico. Es en las cadenas de suministro de minerales críticos, en la dependencia alimentaria de sus vecinos hemisféricos, en la fragilidad de sus alianzas tradicionales y en la imposibilidad de sostener conflictos prolongados donde se encuentra el auténtico talón de Aquiles de la nación más poderosa del planeta.


El presente artículo sintetiza y analiza críticamente información pública relacionada a estos temas, se examinarán las capacidades militares comparadas, la viabilidad de distintas configuraciones de alianzas globales, la crisis de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) documentada en el bienio 2025-2026 y, finalmente, el impacto potencial de un embargo económico coordinado sobre la economía estadounidense. El objetivo no es promover escenario de conflicto alguno, sino ofrecer una evaluación rigurosa y matizada del equilibrio de poder contemporáneo, iluminando aquellas áreas donde la interdependencia global ha creado vulnerabilidades que los indicadores puramente militares no alcanzan a revelar.


La asimetría militar convencional y sus límites históricos


En un enfrentamiento militar convencional entre Estados Unidos y cualquier país de América Latina, la probabilidad de éxito para el defensor regional es, en términos prácticos, nula. Los datos recopilados por Global Firepower, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) y el propio Departamento de Defensa estadounidense dibujan una brecha de capacidades que resulta difícil de exagerar. Mientras que el presupuesto de defensa de Estados Unidos para el año fiscal 2025 se situó en los mencionados 919.200 millones de dólares —equivalentes aproximadamente al 3,1% de su Producto Interior Bruto de 28,8 billones—, el conjunto de todas las naciones latinoamericanas apenas alcanza los 80.000 millones de dólares en gasto militar combinado. Brasil, la mayor potencia militar de la región y ubicado en el puesto undécimo del ranking global de Global Firepower para 2026, dispone de un presupuesto de aproximadamente 23.500 millones de dólares, de los cuales, según análisis del Royal United Services Institute (RUSI) publicados en enero de 2025, entre el 74% y el 76% se destina exclusivamente a gastos de personal, dejando un margen muy reducido para inversiones en equipamiento y modernización tecnológica.


La comparación en términos de plataformas estratégicas resulta aún más elocuente. Estados Unidos opera once portaaviones nucleares —diez de la clase Nimitz y uno de la clase Gerald R. Ford— cada uno de los cuales embarca entre sesenta y setenta aeronaves de combate, constituyendo grupos de ataque con una capacidad ofensiva que supera a la fuerza aérea de la mayoría de las naciones. América Latina, por el contrario, no posee un solo portaaviones; el último que operó en la región fue el NAeL São Paulo brasileño, retirado del servicio en 2017 y posteriormente hundido en el Atlántico en 2023. En cuanto a la aviación de combate, el inventario estadounidense incluye más de 5.200 aeronaves, entre ellas más de seiscientos cazas furtivos de quinta generación F-22 Raptor y F-35 Lightning II en sus tres variantes. Las fuerzas aéreas latinoamericanas combinadas suman aproximadamente ochocientos aviones de combate, en su mayoría modelos de cuarta generación o anteriores, con una antigüedad media considerable y tasas de disponibilidad operativa que, según informes de prensa especializada, rara vez superan el sesenta por ciento. En el ámbito naval, los 290 buques de guerra de la Armada estadounidense, incluyendo 68 submarinos de propulsión nuclear —catorce de ellos armados con misiles balísticos Trident II— contrastan con los aproximadamente 450 buques de las marinas latinoamericanas, ninguno de ellos con capacidad nuclear y en su mayoría diseñados para tareas de patrulla costera y vigilancia de la zona económica exclusiva.


Examinando detenidamente el historial de conflictos asimétricos en los que Washington se ha visto envuelto desde la Segunda Guerra Mundial, se identifica un patrón recurrente que cuestiona la premisa de que la victoria militar convencional se traduce automáticamente en éxito estratégico. El politólogo Dominic Tierney, en una entrevista concedida a la revista Time en agosto de 2021, formuló esta paradoja con precisión: antes de 1945, Estados Unidos ganó prácticamente todas las guerras que libró; desde entonces, apenas ha ganado alguna guerra importante. Los casos de Vietnam (1955-1975), Somalia (1992-1994), Irak (2003-2011) y Afganistán (2001-2021) ilustran esta dinámica de manera inequívoca. En cada uno de estos conflictos, las fuerzas armadas estadounidenses demostraron una aplastante superioridad en el campo de batalla táctico, pero terminaron retirándose sin haber alcanzado los objetivos políticos que justificaron la intervención.


El estudio identifica tres factores principales que explican esta recurrente incapacidad para convertir la victoria militar en éxito estratégico. El primero es de naturaleza tecnológica y doctrinal: el Pentágono ha diseñado su fuerza armada para librar conflictos de alta intensidad contra adversarios casi simétricos como Rusia o China, invirtiendo sumas colosales en plataformas extremadamente sofisticadas. Esta orientación deja un déficit de capacidades para la guerra de contrainsurgencia, donde el adversario emplea métodos deliberadamente simples y de bajo costo. Los artefactos explosivos improvisados (IED, por sus siglas en inglés) que causaron la mayoría de las bajas estadounidenses en Irak y Afganistán, fabricados a menudo con fertilizantes y componentes electrónicos comerciales, neutralizaron la ventaja que proporcionaban los vehículos blindados más avanzados del mundo. El segundo factor es de naturaleza sociopolítica: la opinión pública estadounidense ha desarrollado desde la era de Vietnam una marcada aversión a las bajas propias, lo que obliga a los planificadores militares a adoptar estrategias que minimizan la exposición de las tropas pero que, al mismo tiempo, reducen la interacción con la población civil y, por tanto, la capacidad de obtener inteligencia de fuentes humanas y generar confianza en las comunidades locales. El tercer factor es institucional: los objetivos políticos de las intervenciones tienden a expandirse una vez alcanzada la victoria inicial. Una operación diseñada para eliminar una amenaza específica deriva con frecuencia en ambiciosos proyectos de construcción nacional que requieren compromisos de una década o más, para los cuales ni el Congreso ni la opinión pública están preparados.


Un país latinoamericano que se enfrentara a una intervención militar estadounidense no podría aspirar a ganar la guerra en términos convencionales, pero sí podría intentar replicar el patrón observado en Vietnam y Afganistán, forzando un conflicto prolongado de desgaste. Las ventajas geográficas de la región —la selva amazónica, que con sus 5,5 millones de kilómetros cuadrados ofrece una cobertura casi impenetrable para las fuerzas regulares; las cordilleras andinas, con altitudes que superan los 6.000 metros; las extensas áreas urbanas de megalópolis como Ciudad de México, São Paulo o Lima— proporcionan el terreno ideal para una guerra de guerrillas de larga duración. Según las estimaciones contenidas en el estudio, la probabilidad de que un país latinoamericano lograra sostener una resistencia prolongada durante más de una década se situaría entre el 40% y el 55%, asumiendo que lograra mantener la cohesión política interna y el apoyo de la población civil, el factor que la teoría maoísta de la guerra popular identifica como el verdadero oxígeno de la guerrilla.


El caso de Venezuela ilustra esta dinámica de manera particularmente instructiva. Según reportes de prensa de diciembre de 2025, el gobierno de Nicolás Maduro ha declarado que aproximadamente ocho millones de civiles han recibido algún tipo de entrenamiento en milicias populares, y que las fuerzas armadas planean desplegar más de 280 unidades pequeñas equipadas con sistemas portátiles de defensa aérea Iglá de fabricación rusa, diseñados para tender emboscadas a helicópteros y drones. La doctrina venezolana, explícitamente inspirada en la experiencia vietnamita, no aspira a derrotar a una fuerza invasora en el campo de batalla, sino a elevar los costos humanos y materiales de la ocupación hasta que se vuelva políticamente insostenible para Washington. Aunque las capacidades reales de estas milicias son objeto de debate entre los analistas —muchos observadores cuestionan tanto las cifras oficiales como el nivel de entrenamiento efectivo de los milicianos—, el planteamiento estratégico refleja una comprensión sofisticada de las vulnerabilidades políticas del adversario.


La geografía de las alianzas globales y el enigma de la defensa colectiva en américa latina


Al examinar las distintas configuraciones de coaliciones internacionales que podrían, al menos en teoría, contrapesar el poderío estadounidense. Este análisis evalúa siete escenarios de alianza, desde una hipotética unión de todos los países latinoamericanos hasta una coalición global que incluyera a China, Rusia, Europa y las principales potencias del Sur Global. Los resultados, presentados en una tabla maestra que sintetiza los hallazgos, ofrecen una perspectiva matizada sobre el verdadero equilibrio de poder en el sistema internacional contemporáneo.



Metrica

EE.UU.

China

Rusia

 

Presupuesto oficial 2025

 

$919,200 M

$249,000 M

(oficial)

$175,500 M

(Militarnyi)

 

Presupuesto estimado real

 

$919,200 M

$330,000-$471,000 M (DoD/TNSR)

$140,000-175,500 M

(SIPRI/Jamestown)

Personal activo

~1,400,000

~2,000,000

~1,000,000

Reservistas

~800,000

~500,000

~2,000,000

 

Cabezas nucleares

 

~5,500

~600

(creciendo a 1,500)

~6,200

(mayor arsenual)

 

Portaaviones

 

11

3

(Fujian en pruebas)

1

(Kuznetsov)

 

Cazas 5ta generacion

F-22 + F-35 (600+)

J-20 + J-35 (200+)

Su-57 (~30)

Submarinos nucleares

68+

~20

~30

% del PIB en defensa

~3.1%

<1.5% (oficial)

~7.1%



La verdadera revolución de este análisis es que la guerra económica tiene mayor probabilidad de éxito que la guerra militar contra EE.UU. Al combinar ambas dimensiones, las probabilidades cambian dramáticamente:



 

Escenario

Solo militar

Solo económico

Militar + económico

 

Diferencia

A: LATAM sola

10-20%

15-25%

25-35%

+15%

B: LATAM+Rusia

20-30%

25-35%

40-50%

+20%

C: LATAM+China

30-45%

50-65%

65-80%

+35%

D: LATAM+China+Rusia

35-50%

55-70%

70-85%

+35%

E: Europa+LATAM

45-60%

55-70%

75-85%

+30%

F: EUR+LATAM+China

60-75%

75-90%

85-95%

+25%

G: Coalicion Global

70-85%

85-95%

92-98%

+12%


El Escenario A, una América Latina unificada bajo una alianza de defensa colectiva, arroja las probabilidades más bajas de éxito en cualquier modalidad de conflicto. Con un presupuesto combinado de entre 75.000 y 80.000 millones de dólares —apenas el 8% o 9% del gasto militar estadounidense—, unos 1,9 millones de efectivos activos y una flota de ochocientos aviones de combate y 450 buques de guerra, la coalición latinoamericana dispondría de una ventaja numérica en personal sobre los 1,4 millones de efectivos activos de Estados Unidos, pero carecería de los elementos críticos que definen la guerra moderna: capacidad nuclear, portaaviones, aviación de quinta generación, sistemas de defensa antimisiles, satélites de vigilancia y reconocimiento, y una estructura de mando unificado. El análisis estima que, en un conflicto convencional, la probabilidad de éxito de esta coalición no superaría el 2%, mientras que en una guerra asimétrica prolongada las posibilidades aumentarían a un rango del 10% al 20%. La disuasión —es decir, la capacidad de evitar que el conflicto llegue a producirse— se sitúa en un modesto 15% a 25%.



Los Escenarios B y C introducen respectivamente a Rusia y China como socios externos de la coalición latinoamericana, con resultados significativamente diferentes. La incorporación de Rusia (Escenario B) añade a la ecuación el mayor arsenal nuclear del mundo —aproximadamente 6.200 ojivas según el Boletín de los Científicos Atómicos—, capacidades de misiles hipersónicos de las que Estados Unidos carece actualmente en inventario operativo, sistemas de defensa aérea S-400 y S-500 con un historial probado en condiciones de combate real, y una vasta experiencia en guerra electrónica acumulada durante el conflicto en Ucrania. Sin embargo, las limitaciones de esta configuración son igualmente sustanciales. Rusia se encuentra actualmente empantanada en una guerra de desgaste en Ucrania que, según declaraciones del secretario general de la OTAN en enero de 2026, le estaría costando hasta 25.000 bajas mensuales. Su capacidad de proyectar poder militar al hemisferio occidental es extremadamente limitada: dispone de un único portaaviones, el Almirante Kuznetsov, que ha pasado más tiempo en dique seco que en servicio activo, y sus bases navales más cercanas a América Latina se encuentran a miles de kilómetros de distancia. El presupuesto combinado de la coalición LATAM-Rusia se situaría entre 215.000 y 255.000 millones de dólares, aproximadamente una cuarta parte del gasto estadounidense. Las probabilidades de éxito en guerra convencional ascienden a un rango del 3% al 8%, mientras que en guerra asimétrica alcanzan el 20% al 30%, y la disuasión se eleva al 40% o 55%, fundamentalmente gracias a la amenaza de escalada nuclear.


El escenario C, que incorpora a China en lugar de Rusia, ofrece perspectivas considerablemente más favorables para la coalición antiestadounidense. China es la única potencia con recursos económicos y militares suficientes para alterar fundamentalmente la ecuación estratégica. Su presupuesto de defensa oficial para 2025 fue de aproximadamente 249.000 millones de dólares, pero el Departamento de Defensa de Estados Unidos estima que el gasto real es entre un 40% y un 90% superior, situándose en una horquilla de 330.000 a 471.000 millones de dólares, según un estudio de 2024 de los académicos Fravel, Gilboy y Heginbotham. El arsenal nuclear chino, que alcanzó las 600 ojivas en 2025, se encuentra en rápida expansión y el Pentágono proyecta que llegará a 1.500 para 2035. Más relevante aún desde una perspectiva industrial es el hecho, documentado por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), de que la base industrial de defensa china produce equipamiento militar a un ritmo entre cinco y seis veces superior al estadounidense. El presupuesto combinado de la coalición LATAM-China se situaría entre 405.000 y 551.000 millones de dólares, entre el 44% y el 60% del gasto estadounidense. Las probabilidades de éxito en guerra convencional ascienden a un rango del 15% al 25%, mientras que en guerra asimétrica alcanzan el 30% al 45%, y la disuasión se eleva al 55% o 70%.

El estudio documenta que los vínculos militares entre China y América Latina ya son una realidad tangible. Entre 2022 y 2025, el Ejército Popular de Liberación realizó 97 intercambios militares con 18 países de la región, siendo Brasil y Argentina los socios más frecuentes. El comercio bilateral entre China y América Latina alcanzó los 518.000 millones de dólares en 2024, consolidando a Beijing como el segundo socio comercial de la región, y 21 países latinoamericanos han firmado memorandos de entendimiento en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Significativamente, el analista de The Diplomat informó en enero de 2026 que el Ejército Popular de Liberación ha realizado simulaciones de guerra que incluyen explícitamente operaciones militares en América Latina, y el buque de la Armada china Silk Road Ark realizó escalas en Jamaica y Barbados en diciembre de 2025, a escasa distancia de las operaciones militares estadounidenses desarrolladas bajo la denominación "Operación Southern Spear".


El Escenario DE, la denominada Coalición Máxima que incorpora simultáneamente a Rusia y China junto a América Latina, representa el único escenario en el que Estados Unidos enfrentaría un desafío existencial en términos de poder convencional combinado. Con un presupuesto estimado entre 545.000 y 706.000 millones de dólares, 4,9 millones de efectivos activos y un arsenal nuclear combinado de más de 6.800 ojivas, esta coalición obligaría a Washington a dispersar sus fuerzas en tres teatros de operaciones simultáneos —Pacífico, Europa y hemisferio occidental—, una exigencia que el estudio considera insostenible para cualquier planificador militar. Las probabilidades de éxito en guerra convencional se sitúan entre el 25% y el 40%, mientras que la disuasión alcanza un notable 70% a 85%. No obstante, el análisis subraya que este escenario conlleva un riesgo de escalada nuclear que anularía cualquier posible beneficio estratégico para todos los participantes.


Tras examinar estos cuatro escenarios, el análisis aborda una pregunta que recorre como un leitmotiv toda la serie: ¿por qué América Latina, a diferencia de Europa, no ha logrado construir una alianza de defensa colectiva equiparable a la OTAN? La respuesta, identifica seis obstáculos estructurales que hacen que cualquier intento de este tipo sea, en las circunstancias actuales, inviable.



Factor

Europa (OTAN)

America Latina

Diferencia clave

 

Amenaza externa clara y común

 

URSS/Rusia: consenso total

No hay consenso; EE.UU. es amenaza y socio a la vez

 

FATAL: sin enemigo común no hay alianza

Potencia líder con capacidad nuclear

 

EE.UU. (5,500

cabezas nucleares)

Ningún país LATAM tiene armas nucleares ni portaaviones

FATAL: sin líder fuerte

no hay deterrencia

Estabilidad política de los miembros

Democracias consolidadas (70+ anos)

Cambios ideológicos radicales cada

4-6 anos

SEVERO: alianzas cambian con cada elección

 

Interoperabilidad militar

 

Estándares OTAN comunes desde 1949

Cada pais usa sistemas diferentes (ruso, US, europeo)

SEVERO: no pueden operar juntos

en combate

 

Industria de defensa propia

 

Airbus, BAE, Thales, Saab, Dassault, Rheinmetall

Solo Brasil (Embraer, Taurus) tiene capacidad limitada

 

SEVERO: dependencia total de

importaciones

 

Interferencia externa

 

EE.UU. apoyo la OTAN activamente

EE.UU. saboteo activamente toda alianza autónoma

CRÍTICO: la potencia hemisférica bloquea alianzas contra ella

 

PIB combinado vs amenaza

UE: $18.5T vs

Rusia: $2.2T (8.4:1 a favor)

LATAM: $6.5T vs EE.UU.: $28.8T

(1:4.4 en contra)

FATAL: LATAM es

económicamente inferior a su amenaza



El primer obstáculo, y probablemente el más determinante, es la ausencia de una amenaza común claramente identificada. La OTAN nació en 1949 como respuesta a una Unión Soviética que era percibida de manera unánime por las democracias de Europa occidental como una amenaza existencial. En América Latina, por el contrario, no existe consenso sobre quién constituye el adversario principal. Para algunos países, particularmente aquellos con gobiernos de orientación izquierdista, Estados Unidos es la principal amenaza a la soberanía regional. Para otros, especialmente los que mantienen estrechos vínculos de cooperación en seguridad con Washington, las amenazas prioritarias son el narcotráfico, el crimen organizado transnacional o la creciente influencia de China y Rusia. Sin un enemigo común, el pegamento que mantiene unida a cualquier alianza militar simplemente no existe.

El segundo obstáculo es una paradoja de proporciones estratégicas: la única potencia contra la cual América Latina necesitaría teóricamente una alianza defensiva es, simultáneamente, el principal socio económico de la mayoría de los países de la región. Estados Unidos sigue siendo el primer destino de las exportaciones de México, Colombia, Perú y varios países centroamericanos, así como la principal fuente de inversión extranjera directa y de remesas. Colombia, Argentina y Brasil han sido designados como "Aliados Principales Extra-OTAN" (Major Non-NATO Allies) de Estados Unidos, un estatus que conlleva privilegios en términos de cooperación militar y transferencia de tecnología. Crear una alianza militar explícitamente dirigida contra el principal socio comercial y de seguridad sería, para la mayoría de los gobiernos de la región, un acto de suicidio económico.

El tercer obstáculo es la profunda fragmentación ideológica que caracteriza a los sistemas políticos latinoamericanos. Como ha documentado el think tank Global Americans, la coordinación regional en temas de defensa está sujeta a los vaivenes ideológicos de los gobiernos de turno, que en el plazo de una década pueden oscilar desde el populismo de izquierda más radical hasta el liberalismo económico más ortodoxo. La Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), creada en 2008 como un ambicioso proyecto de integración regional, colapsó en 2019 cuando varios gobiernos de derecha recién electos retiraron a sus países de la organización, a la que acusaban de estar excesivamente alineada con la Venezuela de Maduro. Argentina se reincorporó en 2023 con el retorno del peronismo al poder, pero es probable que vuelva a retirarse bajo la presidencia de Javier Milei. Esta volatilidad hace imposible construir instituciones de defensa permanentes que requieren décadas de compromiso sostenido.

El cuarto obstáculo es de naturaleza técnica: la completa falta de interoperabilidad entre las fuerzas armadas de la región. Mientras que los miembros de la OTAN han estandarizado sus equipos, procedimientos y doctrinas a lo largo de más de siete décadas de ejercicios conjuntos, cada país latinoamericano opera sistemas de armas de orígenes radicalmente distintos e incompatibles entre sí. Brasil vuela cazas Gripen suecos, opera submarinos de diseño alemán y ha desarrollado una industria de defensa propia a través de empresas como Embraer y Avibras. Venezuela utiliza equipamiento mayoritariamente ruso, incluyendo cazas Sukhoi Su-30 y sistemas de defensa aérea S-300. Chile opera una mezcla de material estadounidense (F-16), alemán (tanques Leopard 2) y francés. Perú combina sistemas soviéticos y occidentales. Esta diversidad de orígenes, que responde a consideraciones políticas y presupuestarias de cada país, hace que la operación conjunta en un hipotético teatro de guerra sea logísticamente imposible.

El quinto obstáculo es la debilidad de la industria de defensa regional. Con la excepción parcial de Brasil —que a través de Embraer produce aeronaves de ataque ligero y de entrenamiento avanzado, y mediante el programa PROSUB está desarrollando su primer submarino de propulsión nuclear—, ningún país latinoamericano posee una base industrial de defensa capaz de sostener un conflicto prolongado sin depender de importaciones de terceros países. Esta dependencia tecnológica externa significa que, en caso de un conflicto real, los suministros de repuestos, municiones y sistemas completos podrían ser interrumpidos por presiones diplomáticas o bloqueos navales del adversario.

El sexto y último obstáculo, documentado extensamente por la historiografía de la Guerra Fría, es la interferencia activa de Estados Unidos para desbaratar cualquier proyecto de integración autónoma en el hemisferio. Desde el derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954, pasando por el apoyo al golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile en 1973, hasta las operaciones encubiertas y sanciones contra la Venezuela bolivariana, Washington ha demostrado consistentemente su determinación de evitar la emergencia de cualquier poder regional que pueda desafiar su hegemonía hemisférica. Esta realidad geopolítica añade una capa adicional de complejidad a cualquier proyecto de alianza defensiva latinoamericana.


La crisis de la otan y el surgimiento de la autonomía estratégica europea


Ahora se introduce un elemento de gran novedad analítica: el papel potencial de Europa como un actor autónomo en la ecuación estratégica global. Este análisis documenta exhaustivamente la crisis sin precedentes que atravesó la Alianza Atlántica durante el bienio 2025-2026, una crisis que, según sus conclusiones, ha creado por primera vez desde la fundación de la OTAN en 1949 las condiciones teóricas para que países europeos consideren alianzas fuera del eje transatlántico tradicional.

El detonante inmediato de la crisis fue la intensificación de la presión de la administración estadounidense para adquirir Groenlandia, un territorio autónomo bajo soberanía del Reino de Dinamarca y, por tanto, cubierto por las garantías de defensa colectiva del Artículo 5 del Tratado de Washington. En enero de 2026, según reportes de CNN y el Atlantic Council, la Casa Blanca anunció aranceles punitivos contra ocho aliados de la OTAN que participaban en ejercicios militares conjuntos en la isla: Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia. Las tarifas, que comenzaron en un 10% inmediato con una trayectoria hacia el 25% para junio de ese mismo año, representaron una medida sin precedentes contra miembros de la propia alianza militar que Estados Unidos lidera.

La respuesta europea fue igualmente inédita. Alemania, Francia y otras naciones europeas enviaron pequeños contingentes de tropas a Groenlandia como mensaje de solidaridad con Dinamarca y de disuasión frente a las ambiciones territoriales estadounidenses. El primer ministro groenlandés respondió a las declaraciones despectivas del presidente estadounidense —que calificó la isla como "un trozo de hielo mal administrado"— con una declaración de firmeza: "No somos un trozo de hielo". En abril de 2026, la situación se agravó aún más cuando el presidente estadounidense publicó en su red social que la OTAN "no estuvo cuando los necesitamos y no estará si los necesitamos otra vez", en referencia a la negativa europea de apoyar la guerra en Irán, un conflicto que había estallado en febrero de ese mismo año y que, según el Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia, generó una crisis energética mundial casi inmediata.

La cronología de la fractura transatlántica, tal como la reconstruye el estudio, incluye hitos significativos. En diciembre de 2025, el Departamento de Defensa publicó una nueva Estrategia de Seguridad Nacional que, según análisis del European Policy Centre y el think tank BE Horizon, categoriza explícitamente a Europa como un "teatro secundario", condicionando el compromiso estadounidense con la defensa europea a que el viejo continente asuma mayor responsabilidad, desarrolle capacidades propias y ejerza liderazgo regional. En enero de 2026, la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro durante la denominada "Operación Absolute Resolve" demostró, siempre según la narrativa del estudio, que Estados Unidos estaba dispuesto a actuar unilateralmente en el hemisferio sin consultar a sus aliados tradicionales. En febrero de 2026, la Unión Europea anunció la iniciativa "ReArm Europe", un ambicioso plan para desbloquear hasta 800.000 millones de euros en gasto adicional de defensa a lo largo de la próxima década.

Las capacidades militares europeas, analizadas en detalle en el tercer volumen, son considerablemente más robustas de lo que sugiere la percepción convencional. El gasto combinado de defensa de la Unión Europea, el Reino Unido y Noruega alcanzó en 2026 los 481.000 millones de euros, equivalentes a aproximadamente 520.000 millones de dólares, una cifra que supera los presupuestos militares combinados de Rusia y China. El personal activo de estas fuerzas suma aproximadamente 1,5 millones de efectivos, ligeramente superior a los 1,4 millones de Estados Unidos. Europa dispone de cuatro portaaviones —el Charles de Gaulle francés de propulsión nuclear, los dos portaaviones de la clase Queen Elizabeth británicos y el Cavour italiano—, así como de una industria de defensa de primer nivel mundial que incluye conglomerados como Airbus Defence and Space, BAE Systems, Thales, Leonardo, Rheinmetall, Saab y Dassault Aviation. El sistema de navegación satelital Galileo proporciona a Europa una alternativa autónoma al GPS estadounidense. Francia y el Reino Unido disponen de fuerzas nucleares independientes, con un total combinado de aproximadamente 515 ojivas, incluyendo ocho submarinos lanzamisiles balísticos.


Un dato particularmente revelador, citado por el análisis del Carnegie Endowment for International Peace de diciembre de 2025, es que el plan de adquisición de defensa de Alemania para el período 2025-2026 asigna sólo el 8% de un presupuesto anual de 83.000 millones de dólares a sistemas de armas estadounidenses, dirigiendo la mayor parte de la inversión a programas nacionales o de consorcios europeos. Esta tendencia, acelerada por la crisis de confianza generada por la disputa de Groenlandia, apunta hacia una autonomía estratégica europea que ha pasado de ser una preferencia política de ciertos sectores federalistas a un requisito funcional impuesto por la nueva postura de Washington.

El estudio examina dos escenarios que incorporan a Europa en coaliciones anti estadounidenses. El Escenario E combina un núcleo de seis potencias europeas occidentales —Francia, Alemania, Italia, España, Países Bajos y Reino Unido— con siete países latinoamericanos principales —Brasil, México, Argentina, Colombia, Chile, Perú y Venezuela—. El presupuesto combinado de esta coalición se sitúa en torno a los 425.000 millones de dólares, aproximadamente el 46% del gasto estadounidense, con una ventaja en personal activo de 2,7 millones frente a 1,4 millones. La presencia de la fuerza nuclear francesa —290 ojivas y cuatro submarinos balísticos— proporciona una capacidad de disuasión creíble de la que carecen las coaliciones puramente latinoamericanas. Las probabilidades de éxito en guerra asimétrica se estiman entre el 45% y el 60%, notablemente superiores a las del Escenario D (LATAM-China-Rusia), que se sitúa entre el 35% y el 50%.

El Escenario F añade a China a la coalición Europa-LATAM, creando una configuración que combina la capacidad industrial china, el poder nuclear europeo y los recursos naturales y la profundidad estratégica latinoamericanos. Con un presupuesto estimado entre 755.000 y 896.000 millones de dólares —prácticamente equivalente al estadounidense—, 4,7 millones de efectivos activos y un Producto Interior Bruto combinado de aproximadamente 45 billones de dólares, esta coalición superaría a Estados Unidos en casi todos los indicadores relevantes. El control conjunto de las cadenas de suministro de minerales críticos —Europa a través de su tecnología de procesamiento y su iniciativa conjunta con el Banco Interamericano de Desarrollo, China mediante su dominio de la refinación de tierras raras y litio, América Latina gracias a sus reservas— otorgaría a esta coalición una capacidad de estrangulamiento económico que el estudio considera más devastadora que cualquier ofensiva militar. Las probabilidades de éxito en una guerra económica total se estiman entre el 60% y el 75%, y la disuasión alcanza un rango del 80% al 90%.

La Guerra sin Balas – Minerales Críticos, Alimentos y Cadenas de Suministro como Armas del Siglo XXI


La última tesis central es tan provocadora como respaldada por los datos: la verdadera vulnerabilidad de Estados Unidos no es militar, sino económica y logística. La nación que lidera la innovación tecnológica mundial depende críticamente de importaciones extranjeras en tres categorías estratégicas que una coalición hostil podría explotar sin necesidad de disparar una sola bala: minerales críticos, alimentos frescos y productos energéticos específicos.

El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) publicó en 2025 su lista actualizada de minerales críticos, añadiendo diez nuevos elementos a la relación, entre ellos el cobre, el uranio y el fosfato. El dato más revelador es que Estados Unidos es completamente dependiente —cien por cien— de las importaciones para doce de estos minerales, y más del cincuenta por ciento dependiente para otros veintinueve. China domina la producción o el procesamiento de veintinueve de estos minerales críticos, una concentración de poder que no tiene equivalente en ningún otro sector estratégico.



 

Mineral critico

Dndencia epeEE.UU. import.

Principal  Us proveedor

 

o militar/estratégico

Quien controla en coalición

Tierras raras (REE)      90

70% de China

% procesamiento

 

China

Radar F-35, misiles guiados, submarinos

CHINA: 90%

procesamiento global

 

Litio

Importación significativa

Chile, Argentina Australia

Baterías militares, vehículos eléctricos

LATAM: 50-60%

reservas globales

 

Cobre

Importación creciente

Chile, Peru Congo

Municiones, cableado electrico, electronica

LATAM: 40%

produccion global

 

Cobalto

>70%

importado

Congo, China (procesamiento)

Motores de aviones, superaleaciones

CHINA: procesamiento CONGO: extracción

 

Tungsteno

27% de China

80% prod. global

 

China

Municiones perforantes, misiles anti-tanque

CHINA: 81%

produccion global

 

Antimonio

Importacion total

 

China, Tajikistan

Municiones, misiles infrarrojos, visión noct.

CHINA: dominio total

 

Grafito

Importación Ch significativa

 

ina, Mozambique

Baterias Li-ion, produccion de acero

CHINA: procesamiento dominante

 

Galio/Germanio

Importacion total

 

China

Semiconductores, electrónica militar

CHINA: export. prohibida a EE.UU.




El caso de las tierras raras, un grupo de diecisiete elementos químicos esenciales para la fabricación de imanes permanentes utilizados en los radares de los aviones de combate F-35, los sistemas de guiado de misiles y los motores eléctricos de los submarinos nucleares, ilustra la magnitud de la dependencia. Aunque las tierras raras se extraen también en Estados Unidos —la mina de Mountain Pass en California es una de las mayores del mundo—, el procesamiento y la refinación para obtener los óxidos de alta pureza necesarios para aplicaciones militares está controlado en aproximadamente un noventa por ciento por China. En junio de 2025, según documenta el estudio citando fuentes del sector automotriz, los fabricantes estadounidenses advirtieron que una escasez inminente de imanes de tierras raras paralizaría las líneas de producción "en semanas". Las restricciones a la exportación impuestas por China en 2025 bloquean automáticamente cualquier aplicación militar o de uso dual destinada a países extranjeros.

El litio, elemento indispensable para las baterías de los vehículos eléctricos y de numerosos sistemas militares portátiles, presenta una dinámica similar. El denominado "triángulo del litio" —Argentina, Bolivia y Chile— alberga entre el cincuenta y el sesenta por ciento de las reservas mundiales conocidas. China controla aproximadamente el ochenta por ciento de la capacidad global de refinación de litio, lo que significa que, incluso si el mineral se extrae en América Latina o Australia, su transformación en carbonato o hidróxido de litio apto para la fabricación de baterías depende en gran medida de instalaciones chinas.

El cobre, añadido a la lista de minerales críticos en 2025, es fundamental para la fabricación de municiones, el cableado eléctrico de todos los sistemas de armas y la electrónica militar. América Latina produce aproximadamente el cuarenta por ciento del cobre mundial, con Chile a la cabeza (27% de la producción global), seguido de Perú (10%). La dependencia estadounidense de las importaciones de cobre ha crecido significativamente en la última década, y el reciclaje doméstico sólo puede cubrir una fracción de la demanda.

El niobio, un metal utilizado en las superaleaciones que soportan las temperaturas extremas de los motores de aviación y las turbinas de gas, es quizás el caso más extremo de dependencia concentrada. Brasil produce aproximadamente el noventa por ciento del nióbio mundial a través de la Companhia Brasileira de Metalurgia e Mineração (CBMM). No existe una alternativa viable a corto o medio plazo; desarrollar nuevas minas y la infraestructura de procesamiento asociada requeriría, según estimaciones del sector, entre diez y quince años e inversiones multimillonarias.

El tungsteno, el antimonio y el grafito completan un cuadro de dependencias críticas. China produce el ochenta y uno por ciento del tungsteno mundial, utilizado en municiones perforantes y misiles anticarro. El antimonio, esencial para municiones, sistemas de visión nocturna y misiles infrarrojos, es importado casi en su totalidad por Estados Unidos, nuevamente con China como proveedor dominante. El grafito, componente fundamental de los ánodos de las baterías de iones de litio, es procesado mayoritariamente en China, aunque la extracción se reparte entre varios países africanos como Mozambique.

El estudio documenta que el impacto de estas dependencias ya se está materializando. En diciembre de 2024, China impuso restricciones a la exportación de galio y germanio, dos metales indispensables para la fabricación de semiconductores de alta frecuencia utilizados en radares y sistemas de comunicaciones militares. El bloqueo fue total para destinos estadounidenses, y los efectos en las cadenas de suministro de la industria de defensa comenzaron a sentirse en cuestión de meses.

Pero la vulnerabilidad estadounidense no se limita a los minerales. El sector alimentario, analizado con datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) y de la consultora Trace One, presenta un panorama igualmente preocupante. Estados Unidos importó aproximadamente 212.000 millones de dólares en productos agrícolas durante 2025, con un déficit comercial agrícola proyectado de 42.000 millones de dólares, el mayor en al menos tres décadas. México y Canadá representan conjuntamente el cuarenta y dos por ciento del total de las importaciones de alimentos y bebidas. México por sí solo exportó más de 44.000 millones de dólares en productos alimentarios a Estados Unidos en el año 2023.

La dependencia de México en productos frescos es particularmente acusada. Según el Servicio de Investigación Económica del USDA, Estados Unidos importa de México aproximadamente el ochenta por ciento de los aguacates que consume, el sesenta y tres por ciento de las importaciones de vegetales y el cuarenta y siete por ciento de las importaciones de frutas y nueces. En la última década, la participación de las importaciones en el consumo estadounidense ha aumentado más de veinte puntos porcentuales para diez cultivos clave: espárragos, aguacates, pimientos, arándanos, brócoli, coliflor, pepinos, frambuesas, ejotes y tomates. La producción doméstica de aguacates, por ejemplo, cubre apenas el diez por ciento de la demanda nacional, y está concentrada en California, un estado que enfrenta restricciones hídricas crónicas.

Otros productos presentan una dependencia total de las importaciones. El café, del que Estados Unidos es el mayor consumidor mundial, no se cultiva comercialmente en el territorio continental estadounidense (con la excepción marginal de Hawái, cuya producción es insignificante a escala nacional). Brasil, Colombia y Vietnam son los principales proveedores. El tequila y el mezcal, por denominación de origen, sólo pueden producirse en México. Aproximadamente el ochenta por ciento de los mariscos que consumen los estadounidenses son importados, con Ecuador, Chile y varios países asiáticos como principales suministradores.

El estudio plantea un escenario hipotético de embargo coordinado por parte de una coalición LATAM-China-Europa, evaluando el tiempo que tardaría en materializarse un impacto crítico en cada sector y la capacidad de Estados Unidos para encontrar sustitutos. Los resultados son contundentes. Un corte en el suministro de tierras raras procesadas paralizaría la producción de sistemas de defensa clave en cuestión de semanas, y el desarrollo de una cadena de suministro doméstica completa requeriría al menos una década. Un embargo de litio y cobre refinados tendría un impacto crítico en un plazo de tres a seis meses, con opciones de sustitución muy limitadas. La interrupción del suministro de café, frutas y vegetales frescos desde América Latina provocaría desabastecimiento en los supermercados en menos de un mes para los productos perecederos y en dos a cuatro meses para el café, una vez agotadas las reservas estratégicas. La capacidad de respuesta doméstica en el sector agrícola está limitada por factores climáticos y estacionales: Estados Unidos simplemente no puede cultivar café, plátanos o mangos a escala comercial en su territorio continental.

En el ámbito energético, el estudio matiza la narrativa convencional de la independencia energética estadounidense. Si bien es cierto que Estados Unidos se ha convertido en el mayor productor mundial de petróleo gracias a la revolución del fracking, sus refinerías del Golfo de México están configuradas técnicamente para procesar crudo pesado de origen venezolano, mexicano o colombiano, no el crudo ligero que se extrae en Texas o Dakota del Norte. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, estimadas en aproximadamente 300.000 millones de barriles, y aunque su producción se ha desplomado en la última década debido a la falta de inversión y el deterioro de la infraestructura, sigue siendo un proveedor potencialmente relevante. En 2025, según datos de la consultora Kpler, China se convirtió en el mayor comprador de crudo venezolano, con más de 400.000 barriles diarios. El conflicto con Irán en febrero de 2026, que según el Centro de Política Energética Global de Columbia generó una crisis energética mundial casi inmediata, amplificó la importancia geopolítica de América Latina como fuente confiable de hidrocarburos.

El cuarto volumen concluye con una tabla que compara sistemáticamente el impacto de un embargo total por sectores, evaluando el proveedor principal en una coalición hipotética, el tiempo requerido para que el impacto sea crítico, la capacidad de Estados Unidos para encontrar sustitutos y el nivel de vulnerabilidad resultante. Las tierras raras procesadas, el niobio y el café son calificados como vulnerabilidades "críticas", con tiempos de impacto de semanas a pocos meses y una capacidad de sustitución prácticamente nula. El litio, el cobre, los productos farmacéuticos —cuyos principios activos se fabrican mayoritariamente en China e India— y los equipos de semiconductores —dominados por la empresa neerlandesa ASML— son clasificados como vulnerabilidades "altas". Las frutas y vegetales frescos, el petróleo pesado y las autopartes se sitúan en un nivel "medio-alto".


La Tabla Maestra y la Comparación Definitiva entre Guerra Militar y Guerra Económica


Uno de los hallazgos más significativos de la serie, presentado en la tabla maestra que sintetiza los resultados de los cuatro volúmenes, es que la guerra económica tiene, en la mayoría de los escenarios analizados, una probabilidad de éxito superior a la guerra militar convencional. En el Escenario F —Europa más América Latina más China—, la probabilidad de éxito en una guerra económica se estima entre el 75% y el 90%, significativamente por encima de la probabilidad de éxito en guerra militar convencional de la Coalición Global Máxima, que se sitúa entre el 70% y el 85%. El estudio concluye que controlar las cadenas de suministro, los minerales críticos y los alimentos es, en el siglo XXI, más poderoso que disponer del mayor ejército del mundo.

La comparación entre ambas modalidades de conflicto revela diferencias fundamentales. La guerra militar contra Estados Unidos conlleva un costo extremo para el atacante, incluyendo la posibilidad de destrucción mutua asegurada en caso de escalada nuclear. El tiempo para que el impacto se materialice es de días en términos de daños cinéticos, pero la victoria estratégica puede requerir años de desgaste. La probabilidad de éxito en el mejor de los casos —una coalición global que incluyera a Europa, China, Rusia y América Latina— no supera el 40% en guerra convencional y el 85% en guerra asimétrica prolongada. El apoyo de la opinión pública global a una guerra militar es siempre mixto, ya que la violencia genera rechazo incluso entre los aliados del atacante. La sostenibilidad del esfuerzo bélico es difícil debido a las bajas humanas y los costes económicos directos.

La guerra económica, por el contrario, presenta un perfil radicalmente distinto. El costo para el atacante, aunque alto, es manejable, especialmente si la coalición es amplia y puede distribuir la carga entre sus miembros. El riesgo de escalada nuclear es prácticamente nulo, ya que los embargos comerciales no cruzan el umbral que justificaría una respuesta nuclear según la doctrina declaratoria de las potencias atómicas. El tiempo para que el impacto se materialice es de semanas a meses, pero una vez que se produce, el efecto es inmediato y sostenido. La probabilidad de éxito en el mejor caso alcanza el 90%. El apoyo de la opinión pública global es alto, ya que las sanciones económicas se perciben como un instrumento legítimo de presión política, a diferencia de la violencia militar. La sostenibilidad es alta porque no hay bajas humanas directas entre las filas del atacante. Y la reversibilidad es también alta, ya que el embargo puede levantarse mediante negociación, mientras que el daño físico causado por una guerra militar es, en gran medida, irreversible.

El estudio evalúa también las contramedidas de que dispondría Estados Unidos en un escenario de guerra económica total, y encuentra limitaciones significativas en todas ellas. La producción doméstica de tierras raras requeriría entre diez y quince años para igualar la capacidad china, y el costo ambiental sería enorme. El reshoring de la manufactura —traer de vuelta al territorio nacional la producción industrial deslocalizada— es un proceso que llevaría de cinco a diez años, y los costes laborales en Estados Unidos son entre cinco y diez veces superiores a los de los países asiáticos o latinoamericanos. La sustitución de importaciones agrícolas está limitada por factores climáticos y geográficos insalvables. Las reservas estratégicas de minerales proporcionan una cobertura temporal de seis a dieciocho meses, pero se agotan y no resuelven el problema estructural de fondo. El bloqueo naval para forzar el comercio, aunque dentro de las capacidades de la Armada estadounidense, generaría una condena internacional masiva y sería insostenible si se aplicara simultáneamente contra múltiples frentes. El uso del dólar como arma, mediante la exclusión de países del sistema SWIFT, es efectivo a corto plazo pero acelera el proceso de desdolarización que ya está en marcha, con China y Rusia desarrollando activamente sistemas de pago alternativos. Las alianzas alternativas con países como Australia o Japón solo pueden sustituir parcialmente los volúmenes de suministro que proporcionan China, América Latina o Europa.


Conclusiones: El Verdadero Poder en el Siglo XXI


Este artículo ha ofrecido una síntesis comprehensiva, concluye con una serie de reflexiones de gran calado estratégico. La lección más importante que se desprende de los datos es que la verdadera vulnerabilidad de Estados Unidos no es militar, sino económica. La nación más poderosa del mundo depende de importaciones extranjeras para su tecnología militar —tierras raras, niobio, semiconductores—, su alimentación —frutas, vegetales, café, mariscos—, su industria —autopartes, productos farmacéuticos— y sus materias primas —litio, cobre, petróleo pesado—. Una coalición que controlara estas cadenas de suministro tendría, según el análisis, más poder real que todos los ejércitos del mundo combinados.


Para América Latina, el mensaje es particularmente relevante. La región posee una concentración extraordinaria de recursos naturales estratégicos que el mundo moderno necesita: el sesenta por ciento de las reservas mundiales de litio, el cuarenta por ciento del cobre, el noventa por ciento del niobio, el sesenta por ciento de la producción mundial de café, y una participación creciente en el suministro de alimentos frescos a la principal economía del planeta. La estrategia óptima para la región, argumenta el estudio, no es construir un ejército que nunca podrá igualar al de Estados Unidos —una carrera armamentística que está perdida de antemano—, sino desarrollar la capacidad de procesamiento doméstico de minerales críticos, crear alianzas de suministro diversificadas con Europa y Asia, invertir en una industria de defensa propia que reduzca la dependencia tecnológica, y construir reservas alimentarias y fondos de estabilización regional que permitan resistir presiones económicas externas. El mayor poder de negociación de América Latina, concluye el análisis, está literalmente bajo sus pies.


El estudio se cierra con una advertencia y una nota de prudencia. Se trata de un ejercicio académico basado exclusivamente en fuentes abiertas, que no promueve ni incita ningún conflicto armado. Su propósito es contribuir al debate informado sobre la naturaleza cambiante del poder en el sistema internacional del siglo XXI, un siglo en el que el control de las cadenas de suministro, los minerales raros y los flujos alimentarios puede resultar, a la postre, más determinante que el número de portaaviones o la potencia destructiva de los arsenales nucleares. La mejor defensa, para cualquier nación, sigue siendo la interdependencia económica profunda que hace que el costo de una agresión supere cualquier beneficio concebible. En un mundo crecientemente multipolar y fragmentado, esa verdad estratégica conserva toda su vigencia.


Este análisis ha sido elaborado a partir de fuentes públicas con el apoyo de inteligencia artificial. Si detectas alguna imprecisión, te agradecemos que nos lo hagas saber. Nuestro objetivo es fomentar un debate abierto y colaborativo; integrar diversas perspectivas enriquece a nuestra comunidad y potencia nuestro aprendizaje mutuo. ¡Te invitamos a participar e interactuar con este contenido! 


Para participar y compartir comentarios y conocimiento ir al siguiente enlace: Lección


Comentarios